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Ordos o la metáfora de la Posmodernidad

Como en un antiguo cuento oriental, la arquitectura de diseño con las calles vacías es una hermosa metáfora:
“Mira lo que puedo hacer”, dice el arquitecto.
“Mira lo que me importan tus habilidades”, responde el ciudadano, y sigue a lo suyo por calles congestionadas a la busca de un bar que tenga los vidrios lo bastante sucios como para poder confiar en el cocinero.

La metáfora urbana de Ordos se ¿levanta? en Mongolia Interior, y es una metáfora perfecta del tiempo que nos ha tocado vivir, donde todo todo es posible, aunque carezca de cualquier lógica. “Si puedo pagarla, puedo crear la ciudad”. Esta Sant Petersburg sin Rusia crece no en un pantano, como solían las ciudades nuevas, si no en los límites del desierto. Un desierto urbano.

Patrimonio para evitar el turismo…

… al menos ese turismo amorfo, desapasionado y tan poco vital al que estamos tan acostumbrados y que, reconozcámoslo, todos hmos practicado alguna vez (o muchas).

Y es que el turismo, que es una industria muy beneficiosa y la única posible en muchos lugares, tiene curiosamente su cara más triste… en los propios turistas.

Hace ya años que con el maestro Xabi Eizaguirre bromeábamos con la frase que antiguamente rezaba en las prisiones:

“Odia al turismo y compadece al turista”

Pero la verdad es que no habíamos inventado nada:

“Los turistas son, en su mayor parte, una tribu de aspecto muy triste. He visto caras mucho más alegres en un funeral que en la plaza de San Marcos. De los turistas, la mayoría sólo llega a ofrecer un aspecto realmente feliz cuando logran unirse en bandada y fingir durante una breve y precaria hora que se encuentran en su tierra.”

Aldous Huxley, Along the road.

En realidad, el turismo también corrompe la realidad, altera las costumbres de todo lo que toca, y puede incluso destruir el medio natural y hasta el patrimonio, PERO ES UNA INDUSTRIA NECESARIA (al menos en lo que queda de siglo).

Y por lo tanto, en este blog, seguiremos dedicando tiempo y esfuerzo a integrar todo el patrimonio que haga falta como parte de esa indústria, eso sí, manteniendo el principio ético de que no debe atraer turistas tristes e indiferentes, si no personas en busca de sí mimas. Es decir, viajeros

“Un viajero viene a ver la realidad que ya está ahí. Un turista sólo viene a ver una realidad inventada para él.”

Malcolm Bradbury, Doctor Criminale (citado por P. Hollander).

La expresión se ajusta a la realidad. Nuestro trabajo, al planificar los espacios patrimoniales, debe ser ayudar al viajero a  inventar una realidad rica, “con contenidos” que se dice ahora,  cargada de significados. Que le aporte algo, vaya.

“Gosht of Berlin”, Book review

The Ghosts of Berlin (ISBN: 9780226467627)
Ladd Brian

Gosht of Berlin es uno de esos pocos libros en los que el urbanismo tiene un papel destacado, hasta el punto de ser el protagonista. El urbanismo, la construcción de la ciudad, se explica como reflejo directo de la sociedad que la habita. Está claro que Berlín es el mejor lugar para tratar tan apasionante asunto. Y lo es porque, en los dos últimos siglos la ciudad ha sido habitada por, al menos, cinco sociedades, culturas si se quiere, que más que diferentes han sido antagónicas entre sí. De la ciudad militarizada a la de los squaters hay toda una variedad de gentes, ideas y modos de entender la vida (y la muerte) .

Se puede decir que esto ha sucedido en muchas ciudades, que todas han cambiado en las ´´ultimas décadas si, pero… en cuantas han convivido dos sociedad contrapuestas separadas por un muro?. Y ás aún, cuántas han mantenido un enfrentamiento urban´sitico, tratando de extpresar sus grandezas a uno y otro lado de tan mortífera valla’?.

Las avenidas que expresaron la grandeza de Prusia, que conviertieron el “gran cuartel” en capital de un Imperio, dejaron una traza poderosa, pero no lo bastante como para sobrevivir inolume a sus sucesores.  La ciudad descocada de la República de Wimar se convirtió en algo asi como un ensayo de “metrópolis” a lo largo de la década nazi, dejando algunos espacios cargados de macabro simbolismo, en particular, el cuartel general de la Gestapo. Ni siquiera los incesantes bombardeos de la aviación inglesa y americana, que dejaron caer sobre la ciudad toneladas de bombas durante cuatro años pudieron borrar la ciudad del mapa. Ni la ocupación soviética, compartida después, que llevó a la ciudad, cosas del destino, a ser la capital de la libertad.

Pero realmente relevante del libro es la importancia que da a los espacios por su valor simbólico. Al fin y al cabo, los símbolos son tanto o más importantes que la realidad física delos espacios. Y en este campo, Berlín difícilmente puede ser comparada con ninguna otra ciudad.

Si hay algo que, personalmente, no me gusta del libro es el distanciamiento con el que su autor trata los asuntos, incluso los más peliagudos. Esta actitud es muy típica de un extranjero cuando explica una relidad que, aunque no lo reconozca, le es ajena. Yen realidad, pretende que le siga siendo ajena.